domingo, 9 de octubre de 2016
La ilusión de mis tardes
Era otoño donde la lluvia se llevaba las flores y las hojas, mi casa con sus pesados muebles y sus espacios vacíos se cerró al exterior atrapada en en un extraño cautiverio doméstico, fue ahí donde descubrí que todo lo que existe está relacionado con muchas casualidades que es a menudo lo invisible donde el ojo no lo capta sólo el corazón. Así lo conocí a él, no se ni quién era, ni de dónde era y el porque de los repentinos encuentros en las calles, dónde yo notaba desesperada y emocionadamente su existencia pero yo era ignorada, nunca noto mi presencia. Quién era aquel muchacho de aspecto de oso, al que vi galopar con el único cuerpo que me interesaba entre todos los hombres. Tenía la gracia sobre los hombres y un aire infantil regía el garbo de su figura, basto para que el espíritu veleidoso que iba sonriendo bajo un gran sombrero de paja igual a tantos otros volteara en dirección a mis ojos y me viera regalándome como si pudiera alcanzarlo pero él no lo noto y siguió cabalgando cerro arriba y valle abajo hasta los tupidos montes y se perdía ante la distancia y yo quede como siempre ante los encuentros, con la sorpresa y la desaparición. Siempre la espera de volverlo a ver como única vuelta a mi destino...
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